viernes, 19 de junio de 2015

EL RÍO.

Hay un pecado de desmesura, que es debilidad, algo muy comprensible. Parece que Dios los ve con cierta simpatía. A los  padres también les sucede con los hijos que no dan una.

No hay falta en beber un vaso de vino, o amar una sola mujer. Pero si te zampas tres litros, o pescas todo lo que cae en la red, pues si. Lo malo está  en el exceso.

A estos pecados los beatos les dan mucha importancia. Dios no. ¿La razón?: se ven con mucha facilidad, son difíciles de ocultar.

Pero en el pecado de impureza la malicia reside en la esencia misma del acto y, sobre todo, del sentimiento que lo inspira: la envidia , o la calumnia , no se convierten en pecados a partir de un cierto grado de intensidad , o de duración.

Son intrínsecamente malas y su fuente misma es pecado. Y, además, no se ve.

Dicho de otro modo: el río "peca" cuando se desborda, pero una sola gota de agua sucia puede llevar consigo toda la impureza y el veneno.

El problema es que al primero lo vemos fuera de sí,- y eso da miedo- mientras que el río envenenado no se le ve desbordado, y mantiene la apariencia de bien.

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