domingo, 14 de junio de 2015

HORA DE CALLAR.

¿ Qué necesidad tiene Dios, que no necesita nada, de pedirnos que se lo entreguemos todo?.

La pregunta está mal planteada. Lo que de verdad necesitamos es renunciar a los disfraces para estar en disposición de recibirlo todo. Y mientras nos reservemos el último céntimo  todavía seremos ricos. El último céntimo es el que nos gana para Dios.

Leo a san Agustín y siento la necesidad de esa desnudez. Ese hombre buscó la verdad, y escribió esa busqueda de una manera sencilla y clara. Afirmaba  : “para ver la verdad no basta con poseer los medios. Si el ojo no está sano no puede ver la luz del sol [...] No toda alma racional, sino aquélla que  tiene la mirada limpia y serena es la que se acomoda mejor al objeto de su  contemplación”.  

Dicho de otra manera: donde no alcance la cabeza, llegará el corazón.

Hay párrafos de las Confesiones que estremecen del vértigo que da su lectura. Pero, es importante subrayarlo, sólo en una lectura sosegada, pausada, meditada, gustarás de estas verdades que trufan los caminos de los grandes de la Espiritualidad:

"Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieras en mí, pero ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo  alguno si no estuviera yo en ti, de quién, por quién y en quién son todas las cosas? ...

Sencillamente, lo que dice de una manera maravillosa es "en Dios te mueves, existes, y eres", te pongas como te pongas, hagas lo que hagas.

Y hay momentos que Agustín necesita del arrobamiento que da la poesía para explicarse. San Agustín, como tantos otros místicos, está enamorado:

"¿Qué es mi Dios entonces? Sumo óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo; secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas; nunca nuevo y nunca viejo;  renueva todas las cosas y conduce a la vejez sin ello saberlo; siempre obrando y siempre en reposo; siempre recogiendo y  nunca necesitando; siempre sosteniendo, llenando y protegiendo; siempre creando, nutriendo y perfeccionando; siempre buscando y nunca falto de nada ".

¿No da vértigo?

En Las confesiones repasa su vida: "Amar y ser amado era la cosa más dulce para mí, sobre todo si podía gozar del cuerpo del amante [...] Tal era mi vida, pero, ¿era esto vida, Dios mío?" (Libro III, cap 1-2)

Cualquiera que haya chapoteado en el sexo conoce bien da qué se refiere Agustín. ¿Era eso vida?, podemos escribir con él.

"¡Qué dulce fue para mí carecer de las dulzuras de aquellas bagatelas las cuales, cuanto más temía entonces perderlas tanto  más gustaba ahora de dejarlas¡ Porque tú las arrojabas de mí. Tú, verdadera dulzura, tú las arrojabas y en su lugar entrabas tú, más  dulce que todo deleite [...] más claro que toda la luz, pero al  mismo tiempo más interior que todo secreto". (Libro IX, cap. 1)

Cualquiera que lea a san Agustín, ¡se le entiende tan bien!, sólo puede identificarse con esa biografía tan cercana en muchas cosas a la nuestra. A la tuya.

¿Pero te atreverás a experimentar en tu vida esa transformación?

"¿Qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo, ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, no dulces melodías de toda clase de cantinelas, no fragancias de perfumes, de ungüentos y aromas, no manás ni mieles, no miembros gratos a  los abrazos de la carne; nada de todo esto amo cuando amo a Dios.  Y sin embargo, amo cierta luz y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y abrazo del hombre mío interior donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo y se  adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando  amo a mi Dios.

¿Y qué es entonces? [...] Pregunté a la tierra y me dijo: “no soy yo”, y todas las cosas que hay en ella me confiesan lo  mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva y me respondieron: “no somos tu Dios, búscale por encima de  nosotros” [...] Entonces pregunté al sol, a la luna y a las estrellas. “Tampoco somos nosotros tu Dios que buscas”, me respondieron [...] Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi casa: “decidme algo de mi Dios, ya que vosotros no lo sois, decidme algo de él”. Y todas exclamaron con gran voz: “Él nos ha
hecho”. (Libro X. cap. 6)

Llegados a estas alturas uno siente el impulso de comenzar a andar esta senda, la suya, pero tras los pasos de gente así.

Pues, toma, lee. Si te sientes pequeño, vas bien. Yo también:

"¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te  buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas que tú  creaste. Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo. Aquellas cosas me retenían lejos de ti, las cuales no serían si no estuvieran en ti. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y ahuyentaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y ahora suspiro por ti; gusté de ti y ahora siento hambre y sed; me tocaste y me abrasó tu paz". (Libro X, cap. 26)

"Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser ya no habrá más dolor ni trabajo para mí y mi vida será viva toda llena de ti. (Libro X, cap9.)

"Cuán innumerables cosas, con variadas artes y elaboraciones en  vestidos, calzados, vasos y demás productos en pinturas y otras diversas invenciones han añadido los hombres a los atractivos de los ojos [...] abandonando dentro al que los ha creado y destruyendo todo aquello que  las hizo [...] Mas yo, Dios mío, te canto un himno porque las bellezas que a través del alma pasan a las manos del artista vienen de aquella  hermosura que está sobre las almas y por la cual suspira la mía noche y día". (Libro X, cap. 34)

"Nos buscaste cuando no te buscábamos, y nos buscaste para que te buscásemos. (Libro XI, cap. 3)

Y ahora, es la hora de callar.

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