martes, 21 de abril de 2015

VÉRTIGO

Leo a san Agustín y siento la necesidad de esa desnudez. 

Ese hombre buscó la verdad, y describió esa bùsqueda  de una manera sencilla y clara. Afirmaba  : “para ver la verdad no basta con poseer los medios. Si el ojo no está sano no puede ver la luz del sol [...] No toda alma racional, sino aquélla que  tiene la mirada limpia y serena es la que se acomoda mejor al objeto de su  contemplación”.  

Dicho de otra manera: donde no alcance la cabeza, llegará el corazón.

Hay párrafos de las Confesiones que estremecen de vértigo que da su lectura. Pero, es importante subrayarlo, sólo en una lectura sosegada, pausada y  meditada, gustarás de estas verdades que trufan los caminos de los grandes de la Espiritualidad:

"Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuvieras en mí, pero ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo  alguno si no estuviera yo en ti, de quién, por quién y en quién son todas las cosas? [...] 

Sencillamente, lo que dice de una manera maravillosa es "en Dios te mueves, existes, y eres", te pongas como te pongas, hagas lo que hagas.

Y hay momentos que Agustín necesita del arrobamiento que da la poesía para explicarse. San Agustín, como tantos otros místicos, está enamorado:

"¿Qué es mi Dios entonces? Sumo óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo; secretísimo y  presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas; nunca nuevo y nunca viejo;  renueva todas las cosas y conduce a la vejez sin ello saberlo; siempre obrando y siempre en reposo; siempre recogiendo y  nunca necesitando; siempre sosteniendo, llenando y protegiendo; siempre creando, nutriendo y perfeccionando; siempre buscando y nunca falto de nada. (Libro I, cap. 5).

¿No da vértigo?

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