jueves, 18 de febrero de 2016

AVENTAR EL TRIGO.

 De regreso de un día de caza, un junio abrasador, recuerdo a mi padre  acercarse  a  la linde  de un campo  de trigo y recoger unas espigas  con la  mano. 

Mi padre era un hombre de  una religiosidad  atormentada, muy de su  época y que, me temo, yo heredé.

Aquella tarde se refirió a Jesucristo en la escena donde  sus discípulos  son afeados por comer trigo en sábado. Y también  glosó  la parábola  del trigo y la cizaña en la que Jesús  dice  esperar hasta la siega para separar uno de otra.

Algo se olía mi padre sobre mi en cuanto  a mi catadura  moral. Como si intuyese que dentro de  mi  también alguien sembraba mucha cizaña.

No se me olvida, rezando  el rosario  en casa, esa  parada  que hacía  recitando las letanías , mirándome  con cara de penica, y  diciendo a  continuación "refugio  de  los  pecadores"...

A mi, la verdad, me jorobaba  esa manera  de  señalar  delante  de  la familia. Pero, en fin, eso es una familia.

Aquella  tarde , mi padre restregó sobre las palmas de sus manos   las espigas de trigo , aventó  las  mismas  , y me mostró los granos de trigo, y me invitó a  mascarlos.

- No probarás en tu vida un chiclé  como éste.

Es cierto. Se formó en mi boca  una pasta maravillosa, de un  sabor  que todavía hoy me  llega  dentro.

Después me dijo:

- Así hace Dios con las almas en el juicio: las aventa separando el trigo de la paja. Nos  elevará a su altura y nos abrazará tiernamente. 

Más  tarde  glosó :

- Dios  nos cultiva y nos  zarandea para liberarnos  de la cáscara. Te pasa por el molino hasta blanquearte. Te amasa hasta ablandarte. 

Yo no entendía nada y ,  en  mi  suspicacia adolescente, pensaba  que no cabía en ese Cielo y que cuando mi alma fuese aventada por las  manos de  Dios  , todo yo salía volando por los  aires, sin peso, sin grano, briznas  arremolinadas  hacia  ninguna parte.

Por entonces  yo era  un adolescente con granos en la cara y andares desgarbados , que  imitaba  actores de películas que me hacían reír a carcajadas. 

Era  como ese  payaso que quiere que oigan sus  canciones y versos, pero que no hacía ninguna gracia a la gente que, como mi padre, no estaban  para escuchar  mis tonterías.

 
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AQUÍ,EL BARULLO: LAS LÁGRIMAS DEL CABALLO.

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